Recuerdo el primer día que pisé el jardín de la casa, abandonada hacía años y deteriorada por el paso del tiempo. La hierba me llegaba a las rodillas y la vegetación lo invadía todo. Era una edificación preciosa con una fachada clara y desconchada, y contraventanas verdes a punto de caer. Plantado frente a la vivienda, junto a unos abedules del jardín, sentí algo muy intenso: ese era mi lugar en el mundo.

Siempre supe que la casa escondía algún secreto; sabía que una presencia habitaba los espacios. Nunca lo viví con miedo, aunque tenía la certeza de que estaba ahí. Tampoco dediqué tiempo a observar con detenimiento lo que no veía.

Diecinueve años después, el lugar vuelve a estar vacío. Ha dejado de ser un hogar para convertirse en un espacio suspendido en el limbo, a la espera de que algo suceda.

La casa me provoca inquietud, desasosiego, incluso miedo; parece que no pasa nada y a la vez todo es posible.

Incluso, volver a habitarla.

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